CRITERIO · NOTAS DE ALE

La confianza no es una credencial

La confianza con la que alguien habla no es evidencia de que sabe de lo que habla. Es, como mucho, evidencia de que sabe venderlo.

Biblioteca editorial con libros ordenados

Alguien cercano a mí contrató una vez a un "notario" para que lo ayudara con su proceso migratorio. Le pagó, entregó documentos, esperó. Con el tiempo entendimos algo que en ese momento no era obvio: la persona que cobró por ese servicio nunca tuvo autorización legal para prestarlo.

No es un caso aislado. Es un patrón tan extendido en las comunidades latinas de Estados Unidos que tiene nombre propio: fraude de notario. En países de América Latina, un notario público puede ejercer funciones de abogado. En Estados Unidos, no — es un cargo administrativo que solo certifica firmas. Organizaciones de asistencia legal han documentado durante años cómo esa diferencia de significado, entre un país y otro, se ha usado para engañar a miles de personas: cobrarles miles de dólares por procesos que nunca avanzaron, o que terminaron empeorando su situación legal en vez de resolverla. Lo más doloroso del patrón no es solo el dinero. Es que casi siempre la persona que engaña habla el mismo idioma, conoce los mismos códigos, y por eso mismo inspira una confianza que no debería tener sin ganársela primero.

He pensado mucho en ese patrón últimamente, porque lo veo repetirse en otros lugares donde el dinero en juego es menor, pero la lógica es idéntica. Cada vez hay más gente vendiendo mentorías, cursos y certificaciones para enseñar a otros a trabajar con familias de alto nivel, a montar un negocio, a alcanzar un tipo de vida. Y no dudo de que muchas de esas personas sepan enseñar. Pero vale la pena hacerse una pregunta simple antes de pagar: ¿esto lo aprendió haciéndolo, o lo aprendió contándolo?

No es lo mismo. Alguien puede hablar con total seguridad sobre cómo se ve la excelencia y, aun así, nunca haber sostenido ese estándar en su propio trabajo diario. La confianza con la que alguien habla no es evidencia de que sepa de lo que habla. Es, como mucho, evidencia de que sabe venderlo.

No tengo una fórmula fácil para distinguir quién sí y quién no. Pero sí tengo una costumbre que me ha servido: antes de pagarle a alguien por su experiencia, pregunto qué hizo con las manos, no qué dice en sus publicaciones. Quién puede describir el detalle incómodo, el error que cometió, la parte aburrida del trabajo que nadie quiere contar. Esa parte no se improvisa. Se vivió, o no se vivió.

Al final, la pregunta no es tan distinta si se trata de un proceso migratorio o de un curso para aprender un oficio: ¿quién tiene la autoridad real para cobrarme por esto? No la que suena más segura. La que de verdad lo vivió.

— Ale

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