VIDA · NOTAS DE ALE
No tengas prisa por llegar.
Hay procesos que pierden su sentido cuando solo los medimos por la velocidad.

Yo también empecé por aquí.
Hubo un primer día en el que no sabía nada. En el que no reconocía la mirada de un niño cansado hasta que ya era tarde, en el que no anticipaba nada porque todavía no tenía nada que anticipar. Nadie nace sabiendo cómo se ve el estándar de una casa que nunca ha visto por dentro. Yo tampoco lo sabía.
Lo que tengo hoy, después de veinte años, no lo tuve el primer año. Ni el quinto. Se construyó despacio, en casas distintas, con familias distintas, equivocándome de formas que ahora me parecen obvias y que en su momento no lo fueron. Mis estudios en educación infantil y preescolar, junto con mi formación en Montessori y en crianza respetuosa, me dieron un lenguaje para entender lo que veía. Pero el criterio — ese instinto de saber qué hacer antes de que alguien te lo pida — eso no vino de un certificado. Vino de las horas. De repetir, de fallar, de volver a intentar.
Por eso me incomoda un poco el ritmo con el que hoy se habla de este oficio. Todo parece medirse en meses: en cuánto tiempo puedes llegar a trabajar con cierto tipo de familia, en cuántas semanas puedes aprender a manejarte en un ambiente que no conocías. Y entiendo la urgencia — yo también la sentí. Pero la prisa por llegar es, casi siempre, la señal de que todavía no se ha entendido bien a dónde se quiere llegar.
Si estás empezando, esto es lo que me hubiera gustado que alguien me dijera: no vas a llegar antes por presionarte más. Vas a llegar mejor si le das a cada casa, a cada familia, a cada error, el tiempo que necesita para enseñarte algo real. El oficio se construye con repetición, no con atajos. Y nadie que de verdad lo domine llegó ahí rápido — solo parece rápido visto desde afuera, después de que ya pasó.
No tengas prisa. Lo que estás construyendo ahora es lo único que nadie te va a poder quitar después.
— Ale
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